Unos treinta años atrás fue famoso el juicio emprendido por la Walt Disney Productions, contra la Sony por el desarrollo y puesta en el mercado del Betamax, el primer sistema exitoso de grabación doméstica de audio y video.
El proceso fue largo, y finalmente la Disney perdió el tiempo y la plata.
Objetivamente no podía ser de otra forma. El fabricante de pistolas, no es el culpable de los crímenes que se cometan con ellas, aunque pueda argumentarse que si no hubiera pistolas la cantidad de crímenes sería mucho menor.
También, podría decirse que a falta de pistolas se usarían palos, piedras o los puños, o que las pistolas no solamente pueden emplearse para cometer crímenes
El episodio puso de relieve la preocupación de las productoras por la preservación de sus derechos intelectuales ante las primeras amenazas de la tecnología, o más bien y que no es lo mismo, por la pérdida de ingresos por la duplicación doméstica de los contenidos comercializados por ellos.
No era para menos, otros aparatos ya habían abierto flancos en la muralla de los intereses de la industria, como el grabador de cassettes de sonido que atravesaba en ese momento su período mayor esplendor y se utilizaba masivamente para duplicar vinilos, o la fotocopiadora que permitía la reproducción barata de materiales impresos.
Pero, lo peor, o lo mejor según se mire, estaba por venir de la mano de los sistemas digitales.
La tecnología jugando a dos frentes ofreció nuevas formas de presentación para los productos artísticos como el CD o el DVD, pero también, el hardware y el software para que cualquiera pudiera duplicarlos caseramente.
La frutilla de la torta fue la descarga de archivos desde Internet, un medio universal rápido y gratuito, o por lo menos muy barato.